La lengua no es un museo: es un organismo vivo que respira con la imaginación del hablante. Un bosque que se expande. Un río que fluye y cambia de paisaje.
Saber hablar
no es lo mismo que habitar una lengua. Yo habito la mía como quien entra en un
santuario. Es un territorio sagrado, el lugar donde puedo ejercer una
orfebrería verbal, una alquimia de alto grado.
Camino por ese
templo descalzo, sintiendo la vibración de su suelo, cada veta secreta de su
madera viva. Allí, en ese territorio que no es de nadie y hago mío, ejerzo de mago:
giro una sílaba, desplazo un acento, para que la palabra respira de otra
manera.
En ese reino
íntimo, en un acto de soberanía lingüística, invento palabras para mi propio
uso, juego con ellas, las dejo resonar, y con ese material construyo castillos
imaginativos. No quiero aburrir, así que pongo solo dos ejemplos: surcógrafo
en lugar de bolígrafo, y utilensio en lugar de utensilio.
Ambas
palabras tienen su lógica interna: no son ocurrencias caprichosas de un
alocado, sino desplazamientos mínimos que revelan otra textura del objeto que
nombran.
Surcógrafo convierte el bolígrafo en un
instrumento que surca, que abre camino en la hoja en blanco; es un arado de
tinta labrando el campo del lenguaje. Y utilensio: más dúctil, más
acorde, más cercano al latido de útil, que es la raíz viva que nuestra
conciencia reconoce. Decir utilensio es devolverle a la palabra su
respiración natural, no la que heredó de una etimología ya dormida.
Utensilio viene del latín utensilium,
relacionado con uti (“usar”), pero en español moderno la raíz viva es útil.
Cuando digo utilensio, reconecto la palabra con su raíz actual, no con
su etimología muerta.
Lo que hago
es una etimología creativa: no invento orígenes, sino que los reoriento hacia
la verdad que la palabra quiere decir hoy. Es un acto de coherencia interna,
pero también un gesto poético: alinear forma y sentido, permitir que la palabra
resuene con su propia verdad, con su propio destino.
La lengua no
es un museo: es un organismo vivo que respira con la imaginación del hablante.
Un bosque que se expande. Un río que fluye y cambia de paisaje.
Y quizá
—solo quizá— no sea uno quien inventa las palabras, sino la lengua misma la
que, en un instante de gracia, nos permite escucharlas antes de que existan.
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